En esta publicación del blog de Emocionarte Academia os traigo la importancia de perder el miedo al error y disfrutar de la creatividad y de las posibilidades que aparecen en la obra cuando creemos que nos hemos equivocado.
A veces, basta un trazo fuera de lugar para que todo parezca arruinado.
Un pequeño “error” en el papel, una línea torpe o una mancha inesperada, y de pronto sentimos que hemos fallado. Pero… ¿y si ese desvío no fuera un error, sino una invitación?
En la vida y en el arte solemos buscar la perfección, nuestro ideal de lo que debería ser por comparación con nuestra realidad o por el trabajo de otra persona.
Queremos que todo encaje, que cada línea esté donde “debe” estar. Sin embargo, el proceso creativo nos recuerda una y otra vez que el control es solo una ilusión, y que al igual que en la vida, esto no va a ser así.
Pero recordar que lo más original suele nacer precisamente donde dejamos de dominarlo todo.
Cuando el error enseña a mirar de otra forma
El error tiene una cualidad misteriosa: nos obliga a mirar de nuevo.
Cuando algo “sale mal”, el ojo se detiene, el pensamiento se abre, y aparece la posibilidad de reinterpretar lo que hicimos.
Lo que parecía una equivocación puede transformarse en un nuevo camino, una textura inesperada, una forma distinta de ver el trazo.
El arte nos ofrece ese espacio seguro donde equivocarse no duele, sino que enseña.
Allí, el fallo se convierte en diálogo: entre el artista y el papel, entre la intención y el azar, entre lo que esperábamos y lo que realmente somos.
Zentangle® y la filosofía del “no hay errores”
El método Zentangle® lo resume en una frase sencilla: “no hay errores, solo oportunidades.”
Cada trazo, incluso el que se escapa, puede integrarse en el diseño.
Esta práctica transforma la percepción del error: en lugar de luchar contra él, lo acogemos.
El resultado deja de ser el objetivo; lo importante es el proceso, el instante de atención plena en el que el dibujo se convierte en meditación.
Esa actitud, tan simple y tan poderosa, se puede extender a la vida; aceptar que no todo saldrá como planeamos, pero que aun así puede tener sentido y belleza.
Dejar que el trazo sea: arte como autocompasión
Cada vez que dibujas sin juzgar, das un paso hacia la libertad.
Permitir que la mano se equivoque, que el papel se manche, que el resultado no sea “perfecto”, es también un acto de autocompasión.
El arte nos enseña a tratarnos con la misma ternura con la que miraríamos a un niño que explora sin exigirle que lo haga “bien”, sino celebrando su curiosidad.
Cuando soltamos la idea del control, emergen la autenticidad y el juego.
Y es ahí donde ocurre la magia, el arte nos muestra que no necesitamos corregirnos para ser válidos.
Conclusión: la belleza de lo imperfecto
En el arte, como en la vida, el error es parte del camino, no una desviación.
Cada trazo inesperado, cada paso incierto, nos acerca un poco más a nuestra verdad.
Porque cuando dejamos de luchar contra el error, empezamos a vivir desde la autenticidad.
Así que la próxima vez que algo no salga como esperabas, respira.
Mira el trazo, y pregúntate:
“¿Y si justo aquí es donde empieza mi verdadero arte?”
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