No todo necesita respuesta

En esta publicación del blog de Emocionarte Academia reflexionamos sobre como las cosas que suceden a nuestro alrededor nos afectan y como pueden hacer que perdamos el foco de atención en lo que realmente queremos.

Cómo mantener la calma cuando todo el mundo opina

Nos despertamos mirando mensajes.
Saltamos de una conversación a otra.
Entramos en grupos donde se mezclan noticias, opiniones, discusiones, quejas, rumores y emociones ajenas.
Leemos debates que ni siquiera nos interesaban hace cinco minutos.
Y, casi sin darnos cuenta, nuestra mente permanece conectada todo el día a un flujo continuo de información y no solo acumulamos datos.
Acumulamos tensión.

Cada mensaje pendiente deja una pequeña sensación de interrupción.
Cada discusión abierta nos remueve.
Cada conflicto ajeno nos altera.

Y llega un momento en el que no podemos descansar,  entonces esta situación  reúne todas las características de una adicción.

Muchas personas creen que están cansadas únicamente por trabajo o por falta de tiempo. Pero en realidad existe otro agotamiento mucho más silencioso: la saturación mental producida por el exceso de información, opiniones y estímulos constantes.

Cuando vivimos demasiado expuestos al ruido exterior nos volvemos más irritables, más reactivos, más impulsivos, nos cuesta concentrarnos y empezamos a vivir en un estado de alerta emocional casi permanente.

Lo más inquietante es que esa saturación acaba normalizándose y nos acostumbramos a revisar el móvil constantemente.
A sentir ansiedad cuando hay silencio.
A querer enterarnos de todo.
A participar en conversaciones que realmente no nos aportan nada.

Pero detrás de esa necesidad de información hay algo todavía más profundo y que tiene que ver con como nos presentamos a los demás.

Enterarnos de algo antes que los demás produce una pequeña sensación de control y de poder. Durante unos segundos sentimos que tenemos ventaja, que estamos “dentro”, que dominamos la situación o que no nos estamos perdiendo nada importante.

También existe una necesidad emocional y social muy fuerte:
quien trae información suele recibir atención.

La persona que avisa, comenta, informa constantemente o está presente en todas las conversaciones puede sentir, muchas veces sin darse cuenta, que ocupa un lugar dentro del grupo. Informar se convierte entonces en una forma de sentirse útil, necesaria o visible.

El problema aparece cuando dejamos de buscar información para comprender la realidad y empezamos a consumirla para calmar ansiedad interna.

Entonces necesitamos mirar continuamente el móvil.
Queremos opinar de todo.
Sentimos miedo a perdernos algo.
Nos cuesta desconectar.
Y acabamos atrapados en una dinámica de reacción permanente.

Pero todas la personas en diferentes medidas sienten la  necesidad de espacios vacíos para recuperar equilibrio. Necesita pausas, Silencio, lentitud.

Por eso muchas veces no es el problema concreto lo que nos altera tanto, sino la acumulación constante de pequeñas tensiones diarias que nunca terminamos de soltar.

Y en medio de todo ese ruido aparece una pregunta importante:

¿Realmente necesitamos reaccionar a todo? ¿Necesitamos contestar a todo?

Muchas personas viven atrapadas en un estado de reacción permanente. No saben convivir con la pausa, con el silencio o con la posibilidad de que alguien piense distinto sin convertirlo en un problema.

Por eso hoy cuesta tanto mantener la calma.

Porque la calma exige algo que no siempre es cómodo: aprender a observar sin entrar inmediatamente en el conflicto  y eso no significa indiferencia, significa madurez emocional.

El desgaste emocional invisible que surge cuando el ruido mental nos roba la paz

Nos agotamos cuando permanecemos mucho tiempo anticipando conflictos, interpretando mensajes, intentando agradar o entrando en conversaciones que no llevan a ninguna parte. Nos agotamos sabiendo  que el conflicto en sí no es relevante y seguimos pensando en una conversación horas después, imaginamos mejores respuestas, releemos mensajes, intentamos entender cual seria la mejor manera de actuar y mientras tanto, la calma desaparece.

Por otra parte no podemos controlar el carácter de los demás. Hay personas impulsivas, intensas, invasivas, excesivamente opinadoras o necesitadas de atención constante. Las hay en todas partes,  en la familia, en el trabajo, en grupos sociales, en comunidades vecinales o en amistades cercanas. Intentar cambiar continuamente la forma de ser de los demás suele conducir a la frustración.

Comprenderlo, en cambio, nos devuelve libertad, a veces la verdadera serenidad aparece cuando dejamos de pensar que todo depende de nosotros.

Zentangle, aprendizaje de vida

Cuando nos sentamos delante del papel y comenzamos a dibujar, algo dentro de nosotros empieza lentamente a cambiar.

Al principio la mente sigue acelerada. Seguimos pensando en conversaciones pendientes, en mensajes, en preocupaciones o en todo lo que todavía queda por hacer pero mientras la mano empieza a deslizarse sobre el papel, la atención cambia de lugar. Poco a poco dejamos de estar tan pendientes del ruido exterior y comenzamos a centrarnos en algo mucho más sencillo y mucho más importante, la línea en la que estamos.

Y casi sin darnos cuenta, el ruido mental empieza a bajar.

La respiración cambia, la tensión disminuye y la mente deja de correr detrás de todo lo que sucede alrededor. Durante un rato dejamos de intentar responder a todo, entenderlo todo o controlarlo todo.

Quizá ahí está una de las enseñanzas más bonitas de Zentangle.

La vida no se puede controlar completamente, y el dibujo tampoco.

Muchas veces empezamos una tesela imaginando un resultado perfecto. Queremos que todas las líneas salgan exactamente como pensamos, que el patrón sea impecable y que el conjunto quede equilibrado desde el principio. Pero el proceso creativo rara vez funciona así.

A veces una línea cambia el rumbo del dibujo. Un espacio queda diferente de como imaginábamos. Un trazo rompe la idea inicial. Y, sin embargo, seguimos creando.

No tiramos el papel. No abandonamos el dibujo por una línea inesperada. Aprendemos a continuar desde ahí.

Con el tiempo entendemos que incluso aquello que parecía un error termina formando parte de la composición y muchas veces le da personalidad, profundidad o belleza.

Y la vida se parece mucho a eso.

Nos agotamos intentando que todo salga perfecto. Intentamos controlar las opiniones de los demás, las conversaciones, nuestra imagen, nuestras emociones o incluso cómo deberían comportarse las personas que nos rodean. Queremos tener siempre la respuesta correcta, actuar siempre bien y no equivocarnos nunca.

Pero esa autoexigencia termina pesando demasiado.

La mente se cansa de perseguir una perfección imposible. Porque la realidad no funciona de manera perfecta. Las personas tampoco.

Zentangle nos enseña, de una forma muy sencilla, que no hace falta luchar continuamente contra todo lo que aparece. Nos enseña a observar, aceptar y continuar. A entender que una línea imperfecta no arruina el dibujo y que un momento incómodo tampoco arruina nuestra vida.

Quizá por eso tantas personas sienten calma cuando dibujan.

Porque durante un rato dejan de pelearse con el mundo y consigo mismas.

Y entonces ocurre algo muy valioso, vuelves a respirar con tranquilidad, estas concentrado en una sola cosa y recuerdas que no necesitas hacerlo todo perfecto para seguir creando.

Zentangle puede ser un aprendizaje de vida, paso a paso y sin expectativas.

 

 

 

 

Te recomiendo la lectura y la práctica del libro

«Descubre todo lo que el arte puede hacer por ti»

 

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Carmen Muñiz Real

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